Los ataques sobre Gaza han puesto de manifiesto el nuevo equilibrio político en Medio Oriente y hasta las indefiniciones de la actual política exterior de Uruguay
RICARDO J. GALARZA ESPECIAL PARA EL OBSERVADOR
La historia del conflicto israelí-palestino siempre ha sido la historia de dos versiones antagónicas. Desde la partición de Palestina, en 1947, y la subsiguiente creación del Estado de Israel, en 1948, la discusión ante cada nueva escalada del conflicto siempre se ha centrado en quién tiró la primera piedra y si la respuesta ha sido luego justa o desproporcionada. Y en ello, la opinión pública internacional siempre ha tomado posturas de uno u otro lado, acaso como en ningún otro conflicto.
La realidad es que la primera piedra siempre ha venido del lado árabe, desde su rechazo a la partición y a la existencia del Estado judío, hasta declararle la guerra.
Durante décadas, Israel ha sido objeto de la hostilidad de sus vecinos, aquello que en los años de 1960 se conoció como «el círculo de odio alrededor de Israel». Aunque más tarde fue ligeramente cambiando -en función de apoyos nunca tácitos o de la neutralidad de Estados árabes pro Estados Unidos, como Egipto y Arabia Saudita-, las hostilidades hacia Israel nunca han cejado en estas seis décadas. La respuesta de Israel a esa amenaza ha sido en ocasiones desmedida. Si bien resulta difícil determinar hasta qué punto puede ser desmedida la réplica a un enemigo que busca su destrucción y recurre al terrorismo y otras prácticas de guerra irregular (y fácil es pontificar en estos casos), las muertes civiles en las ofensivas de las fuerzas israelíes no pueden ser vistas de otro modo.
En la reciente escalada del conflicto, la historia no ha sido diferente. Otra vez la primera agresión surgió del lado palestino, desde donde Hamas comenzó a lanzar cohetes de largo alcance sobre el sur de Israel, y un jeep israelí fue atacado con un misil antitanque. Esto desencadenó los bombardeos aéreos por parte del Israel que han cobrado la vida de varios civiles palestinos, entre ellos mujeres y niños.
Otra vez la opinión mundial se vio sacudida por el hecho. Y otra vez las condenas a Israel por un lado y los apoyos a su derecho a defenderse por el otro. La historia de nunca acabar.
A ello se suma ahora la nueva composición del mapa político en la región. En Medio Oriente posprimavera árabe, Hamas ha encontrado apoyos en países como Egipto y Túnez donde antes no los tenía. Allí dictadores pro Estados Unidos han sido recientemente reemplazados por gobiernos islamistas proclives a la causa palestina y cuyos movimientos han sostenido lazos históricos con Hamas.
Es el caso de Mohamed Morsi, el nuevo presidente de Egipto surgido de las filas de la Hermandad Musulmana, quien además oficia ahora de mediador con una retórica fuertemente crítica de las acciones de Benjamín Netanyahu. El nuevo ajedrez geopolítico en Medio Oriente deja a Israel cada vez más aislado. A la condena de sus bombardeos sobre Gaza se han sumado también Turquía y Catar, además de los sectores tradicionalmente pro palestina en varios países del mundo.
A la izquierda internacional siempre se le ha hecho fácil condenar a Israel por sus ataques y ha apoyado el lado palestino del conflicto sin mayores reservas. Es en ese contexto que se inscribe el actual dilema del gobierno uruguayo y su reciente incidente con Israel. El comunicado del MPP que califica a los ataques de Israel de «política de exterminio» y «genocidio» provocó la reacción diplomática israelí que tiene al gobierno uruguayo en la indefinición.
Que la declaración condenatoria provenga del sector político del presidente Mujica (además, de ratificada por el senador Agazzi) y que el canciller Almagro se haya referido tímidamente al tema, parece una cuenta más en el largo rosario de ambigüedades e indecisiones que aquejan a la nueva política exterior uruguaya, otrora conocida por su solidez y definición como política de Estado. Y en particular en el caso de Israel, por su tradicional apoyo a la creación del Estado judío, desde su temprano respaldo a la Declaración de Balfour, hasta los lazos binacionales que estrecharon los expresidentes Sanguinetti y Lacalle, pasando por el apoyo decidido de Batlle Berres y la actuación fundamental que le cupo a Uruguay en la creación de Israel, con aquella delegación encabezada por Enrique Rodríguez Fabregat en la Comisión de Naciones Unidas para Palestina.
Nadie podría justificar la muerte de civiles en un conflicto armado. Pero dadas las circunstancias del caso y los hechos históricos, toda declaración del tenor de la del MPP debería llevar por delante la afirmación inequívoca sobre el derecho de Israel a la existencia y a su defensa; sobre todo cuando se sueltan al ruedo términos como «genocidio», particularmente en este caso. Que no haya un desmarque claro del gobierno uruguayo en este episodio -o al menos, la adopción de una postura manifiesta- con una declaración oficial, y que hasta el canciller se niegue a hacerlo al ser cuestionado al respecto, solo parece evidenciar una falta de rumbo preocupante en su política exterior.
El creciente aislamiento de Israel
22/Nov/2012
El Observador, Ricardo J. Galarza